Es frecuente considerar a la pequeña minería como “la hermana menor” de la gran minería. Aunque pueda parecer una expresión inocente, encierra una forma equivocada, e incluso injusta, de entender la industria. La presenta como una actividad de menor relevancia, una versión reducida de las grandes operaciones o, en el mejor de los casos, una etapa que aún no alcanza la madurez.
Nada más alejado de la realidad. La pequeña minería no es la hermana menor de la gran minería, sino que su origen. Muchas de las faenas, distritos y operaciones que hoy ocupan un lugar emblemático en la minería chilena no comenzaron con las dimensiones que actualmente conocemos. Antes de atraer grandes inversiones y alcanzar una escala industrial, hubo una veta, una pequeña faena y personas capaces de reconocer el potencial de un territorio cuando todavía no era evidente para los demás.
Antes de las inversiones multimillonarias, los grandes campamentos y las operaciones de clase mundial, hubo pequeños productores que recorrieron los cerros, siguieron una señal geológica y acumularon conocimiento sobre lugares cuyo verdadero valor solo sería comprendido con el paso del tiempo.
Por eso, la pequeña minería no debe entenderse únicamente como una categoría definida por sus niveles de producción. Es una actividad económica con identidad propia, que genera empleo, desarrollo territorial y oportunidades para miles de familias. En muchos casos, además, constituye el primer paso desde el cual un proyecto geológico comienza a demostrar su verdadero potencial.
Esa relevancia no pertenece solo al pasado. Actualmente, la pequeña minería reúne alrededor de 3.400 faenas y genera cerca de 21 mil empleos directos en Chile, según datos visibilizados por SONAMI. Sin embargo, su importancia no puede medirse únicamente por su participación en la producción nacional.
En numerosas localidades del norte y centro del país, la pequeña minería sostiene economías familiares, impulsa proveedores y servicios, mantiene capacidades productivas y preserva un conocimiento del territorio construido durante generaciones. En regiones como Antofagasta, Atacama y Coquimbo, no es una actividad marginal: forma parte de la identidad de sus comunidades y del desarrollo de sus territorios.
Cuando una pequeña faena deja de operar, no solo disminuye la producción. También puede perderse conocimiento geológico acumulado durante décadas, experiencia práctica para interpretar el territorio, redes productivas locales y una tradición minera que ha pasado de generación en generación.
Por eso, el verdadero desafío no es solo fortalecer a la pequeña minería, sino asegurar su continuidad. Hoy el sector enfrenta una amenaza silenciosa: la falta de relevo generacional. Cada vez son menos los jóvenes que ven en la pequeña minería un proyecto de vida o una oportunidad de emprendimiento. Y eso debería preocuparnos profundamente. Porque cuando un pequeño productor deja la actividad sin que alguien continúe su trabajo, no solo desaparece una faena. También se pierde experiencia, conocimiento, historia familiar y una forma única de entender el territorio.
Durante años hemos impulsado políticas para atraer talento hacia las grandes compañías mineras, lo que sin duda es necesario. Pero debemos hacernos una pregunta igualmente importante: ¿quiénes serán los próximos pequeños productores? ¿Quién mantendrá vivas las faenas familiares? ¿Quién seguirá desarrollando minería en comunas donde esta actividad ha sido, por generaciones, el principal motor económico?
No basta con pedirles a las nuevas generaciones que se interesen por esta actividad. Debemos ofrecerles condiciones para verla como un espacio real de desarrollo, innovación y futuro. Eso exige facilitar el acceso a financiamiento, tecnología, información geológica, capacitación y redes de colaboración. También requiere una institucionalidad y un sistema de fomento que comprenda la realidad de quienes comienzan un proyecto desde cero y que acompañe su crecimiento.
Fortalecer la pequeña minería no es una política de nostalgia. Es una decisión estratégica para Chile. Porque una minería diversa es una minería más resiliente, con mayor capacidad de generar oportunidades, desarrollar los territorios y asegurar la continuidad de un conocimiento que ha sido clave para la historia minera del país.
Quizás ha llegado el momento de dejar de hablar de la pequeña minería como la hermana menor de la gran minería. Porque la pequeña minería no solo fue el origen de muchos de los grandes proyectos que hoy conocemos. Sigue siendo el sustento de miles de familias, el corazón económico de numerosas comunidades y la escuela donde se forman generaciones de mineros.
Su futuro dependerá de nuestra capacidad para motivar a nuevos hombres y mujeres a continuar este oficio, incorporando innovación y tecnología, pero sin perder la esencia de una actividad que ha construido buena parte de la historia minera de Chile. Porque la pequeña minería no es la hermana menor de la gran minería. Es su origen. Y también puede ser el origen de su futuro.
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